lunes, 13 de septiembre de 2010

EL DIOS SUPREMO

Se suele considerar a Zeus como el más importante de los dioses griegos. Los poetas no tardaron en darse cuenta de que no: por encima de él, y subyugándolo como a cualquier otro ser inmortal o mortal, se encuentra Eros. Así, Eurípides dice en el fragmento 269N:

Ἔρωτα δ᾽ ὅστις μὴ θεὸν κρίνει μέγαν 
καὶ τῶν ἁπάντων δαιμόνων ὑπέρτατον, 
ἢ σκαιός ἐστιν ἢ καλῶν ἄπειρος ὢν 
οὐκ οἶδε τὸν μέγιστον ἀνθρώποις θεόν

"Quien no considere al Amor como un gran dios 
y la más poderosa de todas las divinidades,
o es un ignorante o, por no tener experiencia de lo bello,
desconoce al dios más importante para los hombres."

Nada que objetar, Eurípides. Mi experiencia de los días 31 de julio y 1 de agosto, que viene a sumarse a las de toda una vida, te da toda la razón.

El día 31, ya solo, nada más dejar a mi hermano en el aeropuerto, me dirigí a Rafina, el puerto de la costa oriental del Ática. Dejé el coche aparcado en un lugar poco fiable, casi en un descampado a unos 200 metros del puerto. A eso de las 7 y media de la mañana salió el ferry con dirección a Mykonos:



Mykonos es uno de los principales destinos turísticos del Mediterráneo, una especie de Ibiza a la griega, repleta de discotecas, hoteles y niños pijos. Naturalmente, no era eso lo que yo buscaba (en todo caso, ya lo tenemos aquí), sino la isla de Delos, la sagrada isla de Apolo, lugar de peregrinación para los antiguos griegos y, a raíz de ello, importante centro comercial del Mediterráneo durante varios siglos. Pero dado que actualmente está deshabitada, no hay destinos directos desde Atenas y primero hay que pasar por Mykonos. Al cabo de unas tres horas y media, llegué a esta isla:


Lo que más temía, el verme obligado a pasar allí más de un día, se hizo realidad, ya que justo cuando llegué, salía el último barco hacia Delos, de manera que tuve que ponerme a buscar alojamiento. Y fue la primera vez, desde que salimos de España, que no había manera de encontrarlo: ni un hotel, ni una pensión, ni una habitación de mala muerte. Hasta dos horas estuve dando vueltas por el laberinto de callejuelas, frito como estaba después de haber dormido unas cuatro horas. Y es que aquello estaba repleto de gente, gente movida por Eros, ansiosa de encontrar allí lo que no se encuentra entre las piedras. Para toda esa gente, para mí y para cualquier otro animal, la experiencia de la atracción sexual o amorosa (sobre esta  terminología, sintomáticamente confusa, ya habrá momento de hablar) es incomparablemente más llamativa y poderosa que el más vistoso de los monumentos milenarios, que el más cautivador de los libros, que el más opíparo de los banquetes, que todas las riquezas del mundo juntas ("¿Quién se goza con las riquezas, teniendo a Amor en contra? ¡Nada agradable puede haber para mí, si Venus me es desfavorable!", Propercio 1.14). Porque, queramos reconocerlo o no, no hay nada que supere a Eros: Ἔρως ἀνίκατε μάχαν (Sófocles, Antígona 783).

A pesar de ello, mi objetivo en este viaje era otro. Ni siquiera era la isla de Delos en sí, con todos los respetos para los tesoros que encierra, la mayor parte de los cuales desconozco:



Mi meta estaba en su museo arqueológico, que contiene dos sellos en los que se representa a Eros quemando sendas mariposas (= almas) sobre una hoguera. Los quería para el montaje, evidentemente. Cuál no fue mi decepción cuando me enteré de que, al igual que el camafeo que días más tarde busqué en Florencia, no estaban expuestos al público, sino ocultos en los polvorientos almacenes del museo. Sin embargo, justo antes de irme, tuve por fin un golpe de suerte: en ese momento llegó el arqueólogo responsable del museo, y no sin cierta resistencia, se dejó convencer y prometió enviarme por correo electrónico unas fotografías digitales de gran tamaño con las imágenes que buscaba. Como le prometí no publicarlas en libros ni subirlas a ninguna web, no voy a ponerlas aquí (curioso concepto de patrimonio universal y curiosa manía de ocultar cosas que se van a pudrir entre telarañas).

Antes de abandonar el museo, fotografié cosas interesantes, entre ellas esta copia de la misma Polimnia que días más tarde contemplé en Roma, en París y en Londres:


Luego visité el recinto arqueológico y por último subí al mítico monte Cinto (Κύνθος, Kynthos, Cynthus), que dio uno de los epítetos de Ártemis (Κυνθία, Cynthia, Cintia), porque allí nació la diosa junto con su hermano Apolo. Cintia es también un nombre poético predilecto entre los poetas romanos, por ejemplo Propercio (3.21.9-10):

unum erit auxilium: mutatis Cynthia terris
quantum oculis, animo tam procul ibit Amor

uno solo será el remedio: si cambio de país, Amor se irá tan 
lejos del corazón como Cintia de mis ojos.

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