miércoles, 15 de septiembre de 2010

¿CON QUÉ SE RELACIONA EL AMOR?

Fue Safo la primera en llamar a eros “agridulce”. Nadie que haya estado enamorado se lo discute. ¿Qué significa la palabra?

Eros le parecía a Safo una experiencia al mismo tiempo de placer y de dolor. Aquí hay una contradicción y tal vez una paradoja. Percibir este eros puede escindir la mente en dos. ¿Por qué? Los componentes de la contradicción pueden parecer, a primera vista, obvios. Damos por sentada, como hacía Safo, la dulzura del deseo erótico; su condición de placentero nos sonríe. Pero el amargor es menos obvio. Podría haber varias razones para que lo dulce sea también amargo. Puede haber varias relaciones entre los dos sabores. Los poetas han abordado el tema de dos maneras diferentes. La propia formulación de Safo es un buen punto en el que comenzar a trazar las posibilidades. El fragmento que nos interesa dice:

Ἔρος δἦυτέ μ’ ὀ λυσιμέλης δόνει
γλυκύπικρον ἀμάχανον ὄρπετον

De nuevo Eros, que desata los miembros, me hace estremecerme,
esa pequeña bestia agridulce, contra la que no hay quien se defienda.

(LP, fr. 130)


Es difícil traducirlo. “Dulce y agrio” suena mal, si bien nuestra traducción “agridulce” invierte los verdaderos términos del compuesto sáfico glukupikron. ¿Debería eso importarnos? Si el orden de los términos tiene una intención descriptiva, el texto indica que eros trae dulzura y a continuación amargor: Safo trata la cuestión cronológicamente. La mayor parte de las experiencias de un amante confirmaría esta cronología, especialmente en la poesía, donde el amor casi siempre acaba mal. Pero es improbable que Safo quisiera decir eso. Su poema comienza con una localización dramática de la situación erótica en el tiempo (dēute) y fija la acción erótica en el presente de indicativo (donei). No está narrando una historia de amor sino el instante del deseo. Un momento se tambalea bajo la presión de Eros; un estado mental se escinde en dos. Estamos ante una simultaneidad de placer y dolor. El aspecto placentero aparece nombrado en primer lugar, podemos presumir, porque es menos sorprendente. El énfasis recae en la otra cara problemática del fenómeno, cuyos atributos se suceden en una cascada de consonantes suaves (verso 2). Eros avanza o se arrastra sobre su víctima desde un lugar externo a ella: orpeton. Ninguna batalla sirve para detener ese avance: amachanon. El deseo, por tanto, no habita en ni se alía con la que desea. Ajeno a su voluntad, se abalanza de manera irresistible sobre ella desde el exterior. Eros es un enemigo. Su amargor debe ser el sabor de la enemistad. Es decir, del odio.

“Amar a tus amigos y odiar a tus enemigos” es un conocido precepto de la moral arcaica. El amor y el odio construyen conjuntamente la maquinaria del contacto humano. ¿Tiene sentido situar los dos polos de este afecto dentro del único acto emocional de eros? Presumiblemente, sí, si el amigo y el enemigo convergen en el ser que los origina. La convergencia crea una paradoja, pero una paradoja que ya es casi un cliché para la moderna imaginación literaria. “Y el odio comienza donde acaba el amor…” susurra Anna Karenina mientras parte para la Estación de Moscú y el fin del dilema del deseo. De hecho, la paradoja erótica es un problema que antecede al propio Eros. La hallamos representada en las murallas de Troya, en una escena entre Helena y Afrodita. El encuentro es tan agudo como paradigmático. Homero nos muestra a Helena, encarnación del deseo, harta de las imposiciones de eros y desafiando una orden de Afrodita para atender el lecho de Paris. La diosa del amor responde airada, esgrimiendo como arma una paradoja erótica:

μή μ’ ἔρεθε σχετλίη, μὴ χωσαμένη σε μεθείω,
τὼς δέ σ’ ἀπεχθήρω ὡς νῦν ἔκπαγλ’ ἐφίλησα

¡No me irrites, desgraciada! No sea que, enojándome, te abandone
y te aborrezca de modo tan extraordinario como hasta aquí te amé

(Il. 3.414-15)


Helena obedece al punto; el amor y el odio en combinación constituyen un irresistible enemigo. La simultaneidad de amargor y dulzura que nos asusta en el adjetivo sáfico glukupikron es presentada de manera distinta en el poema de Homero. La convención épica representa los estados interiores del sentimiento en una clave dinámica y lineal, de modo que una mente dividida puede ser leída a partir de una secuencia de acciones antitéticas. No obstante, Homero y Safo coinciden al presentar a la divinidad del deseo como un ser ambivalente, al mismo tiempo amigo y enemigo, que da cuenta de la experiencia erótica con una paradoja emocional.

Eros también aparece en otros géneros y poetas como paradoja de amor y odio. Aristófanes, por ejemplo, nos cuenta que el joven Alcibíades, seductor y libertino, era capaz de inspirar en el dēmos griego un sentimiento parecido a la pasión del amante:

ποθεῖ μέν, ἐχθαίρει δέ, βούλεται δ’ ἔχειν

pues lo aman y lo odian, y quieren poseerlo

(Ran. 1425)


En el Agamenón de Esquilo, se describe a Menelao dando vueltas por su palacio vacío tras la marcha de Helena. Las habitaciones parecen poseídas por ella; él se detiene en su alcoba y llora por “los surcos del amor en la cama” (411). No hay duda de que es deseo lo que siente (pothos, 414), pero también el odio se filtra para llenar el vacío (echthetai):

εὐμόρφων δὲ κολοσσῶν
ἔχθεται χάρις ἀνδρί·

“la gracia de las bellas estatuas le resulta odiosa al marido”

(Ag. 414-19)

Amor y odio constituyen igualmente un objeto para el epigrama helenístico. El requerimiento de Nicarco a su amado es típico:

εἴ με φιλεῖς, μισεῖς με· καὶ εἰ μισεῖς, σὺ φιλεῖς με

si me quieres, me odias, y si me odias, me quieres

(Anth. Pal. 11.252)


El epigrama de Catulo es tal vez la destilación más elegante de este cliché:

Odi et amo. quare id faciam, fortasse requiris.
nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Odio y amo. Quizá me preguntes por qué actúo así. 
No lo sé, pero siento que es así y sufro.

(Catulo 85)

CARSON, ANN: Eros, the bittersweet: an essay, Princeton, Princeton University Press, 1988, págs. 3-6

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